Adiós Flaco


Hoy es jueves. Hace cuatro días mataron al Flaco y hasta ahora puedo ordenar la cabeza y lo que hay en el pecho para sentarme a escribir. El asesinato de Ramiro Durán o Ronald Rojas, como se llamaba antes de ingresar a las FARC, es otro entre los más de 300 que han sido asesinados desde la firma del acuerdo de paz; es una estadística, un número que podría reflejar el fracaso de unas políticas públicas que nunca estuvieron comprometidas con la consecución de la paz y la reconciliación.


Para mí y muchos otros, es el fin de una historia y el inicio de otra que queda trunca. Me explico. A Ramiro lo conocí en medio de las selvas del Putumayo, cuando el coletazo final de esa guerra civil no declarada arreciaba sin tregua. Llegué a su campamento durante la preparación de un libro de retratos que también quedó trunco (pero esa es otra historia).


Esa primera vez que nos vimos, yo estaba sentado en una tienda de un poblado cercano, sumido en ese abnegado ejercicio que era esperar para que un mando de esa extinta guerrilla atendiera a un periodista. Ya iba a completar el segundo día leyendo y tomando fotos de manera aleatoria cuando resonaron unos pasos en unas escaleras de madera que conducían al interior del sitio donde me encontraba. Al volver la mirada lo vi erguido en sus casi dos metros, con un gesto que seguramente conservaba de sus días de adolescente rebelde en el Colegio Santa Librada de Neiva.


Nos saludamos, me presenté, tiré las fotos que había ido a buscar y nos quedamos hablando; yo increpando por varias acciones de ese grupo guerrillero y él, calmado, respondiendo y explicando desde su posición lo que había pasado y lo que vendría si se firmaba un acuerdo de paz, como efectivamente ocurrió.


Esa noche, antes de irse a patrullar y organizar a su gente me regaló una pequeña navaja suiza y me dijo que la cuidara mucho porque era una especie de mara que cargaba.


Tres veces más fui hasta rincones perdidos de la selva amazónica a retratar a la gente que estaba bajo su mando. Fueron días de calor y noches de zancudos en las que poco a poco se iba configurando la visión de su futuro mientras se iba fraguando el que sería el acuerdo final de paz. Soñaba con tener una granja ecosostenible porque su idea era que las FARC deberían ser quienes trabajaran y cuidaran el campo. Hacía malabares para sostener el tinto mientras en su regazo se agitaba uno de los dos perros pinscher miniatura que tenía junto a su compañera.


El calor de las planicies del Yarí marcó el que tal vez fuera el momento más importante en su vida política. Fue allí donde se proyectó como una figura obligada en el contexto regional del sur del país. Fue allí cuando una noche, mientras Aries Vigot cantaba desde una tarima llena de luces en la X Conferencia de las FARC, acordamos cómo celebraríamos los 40 años de cada uno en una sola fiesta que marcara esa transición de Colombia a la paz.


Los viajes a la selva terminaron de manera alucinante, como casi todo lo que sucedió en esos meses. Embarcada en lanchas, no en yates como quiso Ramiro, la mitad del Bloque Sur remontó el Río Caquetá. De pueblo en pueblo se los recibía con esperanza, mientras él no quitaba un ojo de la logística para su tropa, que por primera vez era coordinada por la fuerza pública colombiana.


La llegada a la ZVTN de la Carmelita en el Corredor Puerto Vega-Teteyé marcó el fin de los años de lucha guerrillera de Ramiro Durán, todavía alcanzaría a durar unos meses más sin volver a llamarse Ronald. Lo que sucedió después resume lo que han sido los años de eso que no entendemos y que intentamos conjurar bajo el término posconflicto. Muchos de los hombres y mujeres bajo su mando abandonaron los sitios de concentración y se fueron a aventurar por la falta de un futuro claro; otros por dinero, poder o convicción volvieron a la guerra desde diferentes facciones. Fue como si se hubiera desgranado una mazorca.


Su vida se convirtió en la de un dirigente político, ya no era flaco nunca más, engordó un poco y comenzó a encabezar eventos en los que los gestos simbólicos de respaldo al proceso de paz daban esperanza. Su liderazgo le granjeó el nombramiento en la Comisión de Seguimiento y Verificación de la Implementación del Acuerdo de Paz. Desde allí señaló varias falencias en el cumplimiento de lo acordado. Finalmente se cansó de que las cosas se hicieran solo desde Bogotá y que muchas regiones quedarán al margen de ciertas decisiones cruciales para el futuro de los excombatientes y las comunidades que fueron víctimas de la guerra. Tomó la que tal vez fue una decisión muy dura, renunció a ese partido político que pareciera que nunca había terminado de nacer.


Se dedicó a su familia, a cuidar a sus padres, a ver por sus hijos y a pensar en cómo construir ese proyecto agrícola que respetara la naturaleza en lo que tal vez sería una segunda oportunidad para redimirse. Muchas veces intenté llegar hasta su finca, pero siempre se atravesaba algo; un proyecto de trabajo, falta de dinero, un problema familiar…


El 4 de julio de 2022 un francotirador asesinó a Ramiro y yo llevo debatiéndome, con un nudo en la garganta que no termina de desatarse, si es correcto que esté en su sepelio o no, ya que como fotógrafo y periodista lo único que creo he podido llegar a ser en la vida mis personajes es un voyeur, un entrometido. Espero algún día volver a sentarme a ver el cielo preñado de estrellas mientras entre humo de pipa y vapor de café, Ramiro me cuenta sobre los sonidos de la selva y el amor infinito por los hijos.

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